miércoles, 30 de octubre de 2013

Sogno grigio fumo / Sueño gris humo

Tutto era grigio. E non capivo come io potessi fare i sogni in bianco e grigio, dal momento che odiavo quel colore.
Sequenze di tempo che mi scivolavano davanti agli occhi. Protagonista e spettatrice.
Io seduta ai bordi di un letto, con una sigaretta tra le dita. Io, che non avevo mai fumato in vita mia, mi ritrovavo ad aspirare distrattamente con la posa di una donna vissuta.
Una sigaretta tra le dita da cui partivano spire di fumo opache che salivano lente verso il soffitto basso e lucido. Una specchiera dal mio lato della stanza rifletteva il fumo che si espandeva sopra al letto, e dietro quel fumo un ombra dai confini indefiniti. Quellombra probabilmente ero io.
Tonalità di grigio di cui ignoravo lesistenza.
Poi una voce ovattata si fece strada tra la nebbia, dallaltro bordo del letto: Lattesa mi sta uccidendo. Io sapevo quello che dovevo rispondere, e dissi: Anche io sto morendo poco alla volta.
Tornai a guardare nella specchiera, ora erano apparsi due occhi nel luogo dove doveva trovarsi il mio volto. Erano due occhi stanchi, grigi e stanchi.
Volevo voltarmi e toccare le spalle di quelluomo. Luomo che condivideva quel letto sconosciuto con me, e che mi dava la schiena. Ma non lo feci, la sua presenza mi assalì prepotente e non ebbi bisogno di girarmi per vederlo. Sapevo come era fatto, potevo sentire sotto le mie dita la sua barba di una settimana, anche se non ci stavamo toccando, conoscevo il taglio della sua bocca e le parole che ne sarebbero uscite a breve: Mi sembra di aver passato una vita in giro per il mondo a chiedere di te alla gente. Ma non ti ho trovata. Ogni notte ti rincontro in questa stanza, li seduta nella tua parte di letto, con una sigaretta tra le dita e i capelli legati, e questo mi fa ancora più male. Non voglio vederti più. Voglio sapere che tu non esisti.
Mentre parlava il fumo si era fermato nella stanza, sentivo nella bocca quel tabacco amaro, e gli occhi iniziarono a riempirsi di lacrime. Le lacrime erano per noi due, prigionieri di quella stanza grigia, erano per il risveglio in cui non avrei ricordato nulla. Questa storia finisce ogni notte, ogni notte ci rincontriamo qui per dirci addio ancora una volta. No, non voglio. Voglio potermi girare verso di te e vedere il colore dei tuoi occhi. Voglio prenderti le mani tra le mie, e avvicinarle alla mia guancia. Io voglio dirti arrivederci. Voglio sapere che tu esisti li fuori da qualche parte, e che mi stai cercando. Mi girai di scatto, lui non si era mosso. Non diceva niente, e questo mi faceva ancora più male.
Stava già iniziando a dimenticarsi di me, prima ancora di svegliarsi.
Il grigio divenne più scuro, lui ancora non si muoveva. Sentivo che il giorno stava per arrivare, e non volli aggrapparmi al sogno con le unghie e i denti. Così mi alzai, gettai la sigaretta ormai finita a terra e andai verso la porta. La aprii, e uscii da quella stanza, finendo nel sogno di qualcun altro.



Racconto ispirato a “Occhi di cane azzurro” di Gabriel Gracía Márquez

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Todo era gris. No entendía como pudiera hacer los sueños en blanco y gris, dado que odiaba ese color.
Secuencias de tiempo que fluían en frente de mis ojos. Protagonista y espectadora a la vez.
Estaba sentada al borde de una cama, con un cigarro en los dedos. Yo, que nunca había fumado en mí vida, ahora estaba aspirando distraidamente con las posas de una mujer adulta.
Un cigarro en los dedos del cual salían roscas de humo opacas que subían despacio hacía el techo bajo y brillante. Un espejo de mí lado de la habitación reflejaba el humo que se estaba expandiendo sobre la cama, y detrás de aquel humo, una sombra da las fronteras indefinidas. Aquella sombra probablemente era yo.
Tonalidades de gris de las cuales ignoraba la existencia.
De repente una voz liviana se abrió una vía entre la niebla, desde el otro borde de la cama: “La espera me está matando”. Yo ya sabía lo que tenía que contestar, y dije: “Yo también me estoy muriendo poco a poco”.
Volví a mirarme en el espejo, ahora habían aparecidos dos ojos en el lugar donde tenía que encontrarse mí cara. Eran dos ojos cansados, grises y cansados.
Quería voltearme y tocar los hombros de aquel hombre. El hombre que compartía aquella cama desconocida conmigo, y que me daba la espalda. Pero no lo hice, su presencia me atacó con fuerza y no necesitaba voltearme para verlo. Sabía como estaba hecho, podía tocar debajo de mis dedos su barba de una semana, aunque no nos estábamos tocando, conocía la forma de sus labios y las palabras que estaban por salir de ellos: “Me parece de haber dejado pasar una vida entera dando la vuela al mundo preguntando por ti a la gente. Pero no te encontré. Cada noche me quedo contigo en esta habitación, tu, sentada en la tu parte de la cama, con un cigarro entre los dedos y el pelo recogido, y esto me duele aún más. No quiero verte jamás. Quiero saber que tu no existes”.
Mientras hablaba el humo se había parado en la habitación, sentía en la boca el sabor del tabaco amargo, y los ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Las lágrimas eran por nosotros, detenidos en aquella habitación gris, eran por el despertar en el que no me hubiera acordado nada. “Esta historia acaba cada noche, cada noche nos quedamos aquí juntos para despedirnos una vez más. No, no quiero. Quiero voltearme hacía ti e mirar el color de tus ojos. Quiero tomar tus manos entre las mías, y acercarlas a mis mejillas. Quiero decirte “hasta luego”. Quiero saber que tu existes por ahí en algún lugar, y que me estás buscando”.
De repente me volteé, él no se había movido. No decía nada, y esto me dolía mucho más. Empezaba a olvidarse de mí, antes de despedirse.
El gris se hizo más obscuro, él todavía no se movía. Sentía que el día estaba por empezar, y no quise agarrarme al sueño con las uñas y con los dientes. Así me levanté, tiré el cigarro acabado y me fui hacia la puerta. La abrí e salí da aquella habitación, invadiendo el sueño de otra persona.

Cuento inspirado a “Ojos de perro azul” de Gabriel Gracía Márquez 

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