Scrivo queste quattro righe sull'aereo di ritorno in Messico. Una settimana in Colombia e sento di aver vissuto in una bolla di sapone, in un frammento di realtá che forse non é la Colombia reale, o per lo meno, una sua versione estremamente parziale. L'hotel dove stavo era nuovo fiammante, le porte colorate di rosso erano immacolate, con il loro colore brillante che faceva male agli occhi. I sorrisi del personale dell'hotel erano quelli di gente che é abituata a gente straniera tra i piedi, e nessuno sembrava sorpreso del mio andare in giro impicciandomi per questo e per quello. Insomma, almeno per sta volta non mi sono sentita tanto esotica. Diciamo che nella colazione dell'albergo c'era gente piú esotica di me, e il solo fatto di parlare spagnolo mi ha salvato da molti inconvenienti.
Bogotá sembra una cittá del Messico un pó piú piccola e verde. Nelle sue strade a due corsie (in messico sono tre corsie che si trasformano magicamente in quattro nell'ora di punta), corrono come razzi degli scouter tutti scassati, e c'é una popolazione quanto mai intrepida di ciclisti urbani che non guarda in faccia nessuno, muretti compresi. Per quanto riguarda i taxi di Bogotá, di tutti quelli che ho preso, nessun tassista sembrava essere del posto, e mi chiedevano in continuazione informazione su come arrivare al luogo indicato. Non si davano forse conto che ero straniera? Ovviamente sí, cosí che sospetto che c'é sotto qualche tema culturale.
Il traffico di Bogotá non ha nulla da invidiare a quello di Cittá del Messico. Gli autobus bassi e tarchiati rantolano per le strade occupando senza troppe spiegazioni le due corsie, e dalla loro parte posteriore esce un tubo che emana una nube nera come il carbone. É un mistero come possano i ciclisti passare incolumi attraverso tali nubi di smog.
La bellezza di Bogotá sta nelle sue belle montagne verdi, che nel clima piovoso che mi é toccato, erano sempre circondate da nubi spesse da favola, come se nelle sue montagne boscose si fossero persi Hansel y Gretel. Un tassista in vena di spiegazioni turistiche mi ha raccontato che nella parte nord delle montagne bogotane ci sono le case dei ricchi, mentre nelle montagne del sud si concentrava la popolazione piú povera.
Vicino al mio hotel si trovava un parco abbastanza carino per andare a farsi un giretto alla mattina. Gente che corre, che fa yoga, arti marziali e altri tipi di sport sconosciuti in CentroAmerica, e nessun cane tra i piedi, come siamo abituati invece nei parchi Messicani. Insomma una goduria di parco.
Ed ora qualche nota linguistica. In questi cinque giorni sono stata bombardata da modismi colombiani ovviamente, e spagnoli di Spagna. Per dire che qualcosa è fico, in Messico diciamo "chido", in Spagna "guay" e in Colombia "chevere". Per dire che una persona è fighetta in Messico diciamo que è "fresa", in Spagna "pijo" e in Colombia ... non mi ricordo piú.... Per non parlare che in Colombia per rispondere a una donna, qualsiasi sia la sua etá, dicono "Sí signora!", e sentirmi dire signora tante volte giusto nel giorno del mio compleanno mi ha fatto sentire d'improvviso como se davvero fossi una di quelle signore panciute piene di anelli alle dita e con il trucco un pó cadente.
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Escribo estas cuatro líneas en el avión de regreso a México. Una semana en Colombia y siento de haber vivido en una burbuja, en un fragmento de realidad que tal vez no es la verdadera Colombia, o por lo menos,
una versión muy parcial. El hotel donde me estaba hospedando parecía que se estaba estrenando, las puertas de color rojo eran impecables, con su color brillante que hacía daño a los ojos. Las sonrisas del personal del hotel eran aquellas de esas personas que están acostumbradas a personas extranjeras entre los huev..s, y nadie parecía sorprendido por mi preguntar por esto y por aquello. Bueno, al menos por una vez no me sentí tan exótica. Pues en el desayuno del hotel había gente más exótica que yo, y el mero hecho de hablar español me salvó de muchos inconvenientes.
Bogotá parece un DF un poco más pequeño y verde. En sus avenidas de dos carriles (en México son tres carriles que mágicamente se transforman en cuatro durante la hora de punta), corren como locas unas motonetas todas viejas, y hay una población de ciclistas urbanos extremadamente intrépidos que no miran nadie a la cara, incluyendo las banquetas. En cuanto a los taxis en Bogotá, de todos los que yo abordé, ningun conductor sorprendentemente parecía ser el lugar, y me pedían en continuación información de cómo llegar al lugar indicado. ¿No se daban cuenta de que yo era extranjera? Por supuesto que sí, así que empecé a sospechar algún tema cultural bajo de esta conducta.
El tráfico de Bogotá no tiene nada que envidiar al del DF. Camiones bajos y pesados ocupaban sin demasiadas explicaciones los dos carriles, y de su parte trasera sale un tubo que emite una nube negra como el carbón. Es un misterio cómo los ciclistas puedan pasar indemnes a través de estas nubes de smog.
La belleza de Bogotá se encuentra en sus verdes montañas, que en el tiempo de lluvia que me ha tocado, estaban siempre rodeados de espesas nubes como de fábula, como si en sus montañas boscosas se habían perdido Hansel y Gretel. Un conductor de taxi en vena de explicaciones turísticas me dijo que en el norte de las montañas bogotanas están las casas de los ricos, mientras que en las montañas del sur se concentra la mayor parte de la población pobre.
Cerca de mi hotel estaba un parque muy agradable, ideal como para ir a dar un paseo por la mañana. Gente corriendo, haciendo yoga, las artes marciales y otros deportes que desconocemos en América Central, y ningún perro entre los pies, a los cuales sí estamos acostumbrados en los parques mexicanos. En definitiva, un parque delicioso.
Y ahora algunas observaciones lingüísticas. En estos cinco días he sido bombardeado por modismos colombianos, por supuesto, y por modismos españoles de España. Decir que algo es bueno, en México decimos "chido", en Espala "guay", y en Colombia "chevere". Decir que una persona es "fresa" en México decimos que esto es "fresa" en España "pijo" en Colombia ... no lo recuerdo.... Por no hablar de que en Colombia para referirse a una mujer, sea cual sea su edad, le dicen "Sí, señora", y sentirme decir muchas veces "señora" el díad de mi cumpleaños me hizo sentir repentinamente de como si realmente fuera una de esas señoras panzoncitas, llena de anillos en los dedos y con el maquillaje mal puesto.


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